No sabe que no estoy cuando me habla. Desconoce mi forma de mirar, mi manera de callar. No acierta la sonrisa con su risa ni el abrazo después de la caricia. No estoy aunque me encuentre. Me voy apenas llega. Llego donde no debo y debo más, siempre más y más reclama. Me sorprende mientras lo alejo. Me quiere porque lo pierdo y aunque no quiera volver lo vuelvo.
Hay tanta ausencia en una tarde de domingo. Tanto fantasma conjugando verbos decisivos. Hay tanto ayer encerrado en los cajones, tanto mañana atropellado en las esquinas. Hay tanta magia en los libros y las cartas. Tanto camino bifurcado y demolido. Tanta risa que se pierde entre las hojas y tanta hoja en blanco que espera de mi espera un buen motivo. Tanto llamado que no atiendo, tanta foto detenida en los espejos. Hay tanto gris en una tarde de domingo, tanta confesión, tanta respuesta, tanto llanto compartido.
No hay regreso, ni espera. Me parece tan lejano nuestro tiempo. Mi tiempo. Nunca fue nuestro. Vos bailabas al ritmo de mi música. Te fui poniendo los colores que necesitaba. No me animé a verte como eras en realidad. Te gustó el disfraz y jugaste a complacerme. A nadie le hacen lo que no quiere. Claro, se ve que yo quería terminar teniéndote miedo y vos, siempre tan atento, hiciste lo que yo quería que hicieras pero no fuiste capaz de hacer lo que debías: cuidarme de vos. Te quise tanto. Fue tanto lo que te amé. Sale en pasado el verbo y sale con lágrimas. Siguen las lágrimas apareciendo cuando se le antojan. Duele comprobar lo rápido que nos reemplazamos. Vos y yo. Otros ocupando nuestro lugar. Mi lugar. Tan intercambiable. Tan de otra siempre. Lo supe. Lo sé. Lo sabré. No existe. Te inventé. Tanto sueño trunco. Tanta espera al pedo. Las diosas me avisaron. Volví a abrir la puerta. ¿Cómo no ibas a hacer lo que pedía? ¿Cómo no asesinarme?
Desde hace un tiempo una voz (mi voz) dentro de mi cabeza repite “estoy tan triste”. Aparece sin motivo, como suelen aparecer las cosas que nos marcan para bien o para mal. No encuentro la forma, el juego, el truco para que desaparezca. Por más que me enchufe al MP3, la muy prepotente, resiste. Buscar el motivo de esas tres palabras resultaría válido si no supiera que cosa las convoca pero lo sé y, una vez más saber la razón no modifica aquello que nos perturba o incomoda. Así que recurro a mi viejo exorcismo: escribir lo que siento para que, una vez escrito, deje de ser algo que solo sucede en mi interior. Quizá resulte mucho más fácil de silenciar si esta tristeza se vuelve ajena y la contemplo desde lejos. Desde la más distante desconocida que me habita.
Conozco cegueras voluntarias que prosperan al negar lo turbio. Me cegó su oscuridad demasiado visible. Lo confundí con otro, eso fue todo. Los años me han devuelto la visión y el aprendizaje al confirmar que llegar a alguna parte es tan difícil como irse. Por eso vuelvo aunque provoque nuevos finales. Vaya donde vaya, una parte de mi ser se completa en alguien y ese alguien no sé quien es.
No entendieron, ni entienden, ni entenderán. Me importaba tan poco lo que ellos pensaran si hubieras sido verdadero. Pero vos tampoco entendiste. Me usaste de peón en tu ajedrez. Tardaron en comerme pero lo hicieron y me dejaste al costado del tablero. Seguís jugando. Defendiendo a tu reina de turno. Coronándote rey. Sin embargo que tristeza hay en tus ojos. Cuánta tensión en tus labios. Todavía te reconozco de lejos, todavía me provoca ternura mirarte. Mirá que te combato. Mirá que lucho y me enojo pero, ya lo dije, cómo esquivar la ternura.
Nada es lo que parece por eso te vas con el otro que sos a cuestas. Pedís que me cuide y claro, voy a cuidarme. Cuando no estás una extraña fortaleza se acomoda en mis días puedo hacer lo que quiera y lo que quiero es esperar tu regreso, atrincherada para esquivar posibles desengaños. Borges lo dijo mucho mejor que yo: el tiempo nos enseña a eludir equivocaciones no a merecer aciertos.
Soy feliz, dice, aunque no se atreve a repetirlo en voz alta. Aprendió que el amor satisfecho provoca envidia y detrás de la envidia llega la mala suerte. Lo mira en silencio, lo observa, espera una respuesta. El hombre sonríe con una cara ajena, como si tuviera que traer la sonrisa desde algún lugar lejano. Ella sigue inmóvil en el presente pero a la vez avanza. No sabe hacia donde. Sólo espera que el ayer no sea más fuerte y el dolor la única parte sana de su cuerpo.
Lo imaginé perdido, como yo, buscando lo que ya habíamos encontrado y lo confundí con otro, es verdad, pero eso fue todo. No pude verlo a él pero estaba viendo algo verdadero. Después de todo somos para los demás no como somos sino como nos quieren ver y necesité sentirlo un par. ¿Cómo esquivar la ternura? Si no es una decisión que puedo tomar sino una ola que me invade sin aviso. Sin embargo, supe me estaba despidiendo en el segundo café. Así como me invade la ternura los alertas del alma se encienden sin permiso. No, no vas a entrar en mis días y claro, el abrazo no alcanzó para volverme, de repente, otra.
No abuses de mi inspiración, no acuses a mi corazón, tan maltrecho y ajado que está cerrado por derribo…
La herida es reciente, aunque la ingenuidad con que la miro pertenece al pasado. Inclino la cabeza como si cayeran recuerdos y pregunto ¿cuántas noches se fueron en una noche? ¿Cuántos hombres hay en cada hombre? Algunos no pierden nada de lo vivido; llevan de un lugar a otro todo lo que creyeron ser y cuando acumulan demasiado, aquello que les sobra los delata, no pueden evitarlo. No pueden ser ellos mismos sin sus historias, sin la fascinación o la fuerza que irradian ante nosotras. Sin embargo, nunca es él mismo a solas y, este que ahora lee, sos vos: una herida del pasado que reaparece y le sucede a otra que no soy yo.
Algo me duele y debe ser la vida, no más… Estos días de carbónicos gastados y ausencia de caricias. De recuerdos clonados y simulacros en todo su esplendor. Algo me duele y debe ser la muerte, no más… El recuerdo de mi viejo, la ausencia de su voz, de sus canciones. Las noticias de otros ancianos muertos, asesinados por esos que debieron tener una madre, una caricia, algo parecido a la esperanza. Los jueces sin ley ni respuestas. Los policías sacando número para matar. Las sirenas que me despiertan de noche. El miedo que me acompaña todo el día. Algo me duele y debe ser el país, no más... Esos pibes que no ejercerían de chorros, de poder elegir. Si hubieran sido los únicos privilegiados, de verdad. Los políticos con la boca llena, prometiendo justicia mientras mastican esperanza y nos escupen mentiras después. La gente atrás. Con sus muertos, sus marchas, la puteada contenida, el asco en la mirada y con los brazos caídos, otra vez. Dolor de vida, muerte, país. ¿Para qué más?
¿Y si no fuera una formación estelar? ¿Y si fuera la primera mano que, desde un lugar incomprensible para nosotros todavía, se acerca para que podamos verla?
¿Algo nos querrá decir esta mano, cuando sus dedos azules parecen querer alcanzar una nube roja???
Dicen que el objeto está ubicado a unos 17.000 años luz de nuestro sistema solar. O nosotros estamos a 17.000 años luz de la mano que se hizo visible.
¿Cuántas manos que no vemos y fueron muy cercanas alguna vez, están más lejos todavía?
Esta “mano” por alguna razón me maravilló. Tan lejos y tan cerca.
Abrime una ventana en la realidad. Asomate como si fueras mi sol. Demostrá que las palabras siguen siendo mías. Dejá de crecer. Jugá. La rayuela nos espera. Tenés que salir a encontrarla y encontrarme en el barrio de la infancia. Sigo sentada en el cordón de la vereda con las medias caídas y las rodillas sucias. Llegá otra vez al cielo. Olvidá mi olvido. Jugá. Jugate. Es mucho lo que pido pero vale la alegría. Dale, salvame que te salvo si, al final, ni te conozco ni me conocés...
Busco la palabra que alejará el frío. Tu mirada que me espera; el camino compartido; el sosiego del después. Busco que me leas en voz alta; ser tu obra definitiva. Encontrarnos en el poema, que lo escribas en mi piel. Busco la complicidad del río. El azul que esconde el negro. El sonido que corresponde a mi silencio. La bienvenida de tu risa; clausurar tanta búsqueda en tus brazos.
Las tardecitas de Buenos Aires tiene ese qué sé yo, ¿viste? Salgo de una oficina por Chacabuco, lo de siempre en la calle y en mí, cuando de repente, en la parada del bondi, se aparece él… (Perdón, Horacio Ferrer)
Salí de hacer un trámite y en lugar de ir para la izquierda, tomé para la derecha. Caminé una cuadra y al pasar al lado del hombre que me miraba de lejos, lo miré. En realidad miré el color de pelo, un rubio dorado intenso (muy intenso), como iba atrincherada detrás de mis anteojos negros, el tipo no sabe que miré, entonces ¡crash! miro sus ojos, (esos ojos los conozco, pensé) y cuando vi la totalidad de la cara, sonó un alerta dentro mío que repetía: “EsJorge” “EsJorge”. Al llegar a la esquina, lo volví a mirar y sí, me estaba mirando. “EsJorge” seguía repitiendo mi alerta, con lo cual, aceleré el paso. Jorge fui mi primer novio. Nos conocimos en los bailes del club de mi barrio, a los que me llevaba mi vieja. Ella estaba convencida que con su presencia ningún atorrante se acercaría. ¿Hace falta que diga que mi estimada madre se equivocó? Si había un atorrante en ése lugar era Jorge y Jorge no solo se animó a sacarme a bailar. Fue mi novio oficial durante dos años. A mi novio no le gustaba estudiar, claro que tampoco le gustaba trabajar; era fija que a mis viejos no le gustara mi novio. Para tranquilizarlos se dedicó a vender curitas en el subte, eso logró que mi vieja lo saque a patadas de casa, eso y enterarse por una vecina que “ese chico que sale con su nena vende droga, Doña Rosa”. Con el paso de los años acepté como ciertas las últimas palabras que me dijo Jorge: “Vos fuiste lo único verdadero en mi vida”. ¡Claro! ¡Porque cuando no estaba conmigo vivía alucinado!!! Lo volví a ver algunos años después, en un restaurante, pero su hermoso pelo oscuro había mutado en un rubio dorado extraño (muy extraño). Yo me zambullí en una ensalada de zanahoria y huevo duro, pero noté su mirada de siberiano que me taladraba la nuca. Igual que hoy, al cruzar Avenida de Mayo, sentí la mirada azul hielo en mi espalda mientras intentaba llegar a la otra vereda. No creo que sea lector de Blog, pero si llegara o llegase a pasar por acá no está mal que se entere: ese rubio dorado intenso (muy intenso) te queda como el tujes y, sí, la que casi muere aplastada por un bondi de la línea 86 ante tu mirada de vaca azul, era yo. Así que aquellos que afirman que el primer amor se recuerda con cariño, conmigo tienen una excepción. Además, lo que puede ser fundamental en otras personas, por ejemplo el hecho de no ir para la izquierda, la decisión de tomar para la derecha a mí me sirve para un po(u)st perfectamente olvidable, mientras otros escriben un maravilloso cuento o filman una estupenda película. Voy a tener que sentarme con mi inspiración, mirarla a los ojos y mandarla (sin ningún respeto) al carajo.
Prefiero las acciones arrojo mi baúl repleto de palabras en un mar que acierta castigos. Prefiero los signos misteriosos elementos que asoman cada tanto en la cara de los hombres en su forma de mirar o de callar Mágico idioma capaz de llegar donde la inteligencia sola jamás ingresa. Por eso construyo laberintos ¿podrás encontrarme? Las palabras habitan un lugar lo que quiero decir cualquier otro.
Ahora que ya no quiero, recuerdo como los quise a todos. No me detengo en ninguno; no es necesario detenerse para recordar cuanto insinuaba cuando los quería, como las horas eran estorbo si no estaban conmigo, como los abrazaba al darles la bienvenida. Ahora que ya no quiero, me parece imposible haber querido a alguno de ellos. Que la piel de esos hombres me encendiera. Que me afectaran las palabras de los hombres que amé. Algunos no mintieron, es verdad. Otros me quieren todavía, es cierto. Pero, ahora que ya no quiero, han dejado de importar esas diferencias. La lejanía disuelve líneas divisorias y todos pasan a ser uno, ahora que ya no quiero a ninguno.
Si pregunta, ofrendaré mis dudas en único argumento. Mi mano en su hombro fundará el nosotros. Por fin la verdad me libera. La mentira queda lejos, sabe a viejo. Si pregunta, diré que los caminos se cruzan al andar. Que esta vez lo dejo llegar. Que clausure la espera. Que la ola barrió los nombres. Que no volveré a escribirlos en la arena. Que deseaba el regreso. Que por eso vuelvo. Que otra vez mis huellas en la espuma. Que otra vez sal y madrugadas. Que no habitamos distancias mientras maderas y lavandas arrullen bienvenidas. Me abrazaré a mis piernas mientras lo dejo ir y venir hasta romper todas las preguntas, hasta abolir todos los relojes, hasta descubrir en su mirada la clave de mi risa en las mañanas.
Esto que sigue lo escribí allá por el 89. Me agrada comprobar que el paso del tiempo no modifica el amor del bueno. Creo que ella nunca leyó estas palabras pero estoy segura que las conoce sin necesidad de decirlas.
En una mesa con amigos, uno dice la palabra "Huellas". Entre humo, café y cerveza comenzamos con esa especie de filosofía nocturna. ¿Qué tipo de huellas?, pregunté; ¿las que te dejaron o las que dejaste en otros? No hubo, como nunca hay en estos casos, una aclaración. "Huellas" era la consigna y con ella apareció la imagen de Florencia, mi hija. Su mirada limpia, su risa inocente. Mi respiración acompañando su sueño y mis ojos que no se cansan de mirarla. Se hizo presente el miedo a que algo pudiera sucederle; ese temor a perderla y la pregunta: ¿cómo era mi vida antes de amarla? Nació la certeza de que por ella seré mejor persona, el agradecimiento porque ahora entiendo lo que ayer no comprendía. Florencia es en mi vida el milagro. La hija a solas deseada. Mi sangre, mi carne; la continuidad de mi existencia. La libertad de espíritu y materia. Siempre estuvo dentro de mí. Hoy es vida. Su vida, por eso hablo de milagro. Tal vez, antes de su llegada, hayan existido otras huellas; quizá yo dejé huellas en la vida de otros. Pero la única, la real, la que llevo marcada a fuego en mi corazón, en mi esencia, es su huella. La huella que mi hija me regaló al nacer.
¿Qué busco cuando con palabras te llamo? Palabras que incendian dudas pero no queman pasados. Palabras que no sirven, porque no tocan tu mano. La que no duerme en mí desnuda palabras, alimenta llamas para encender ausencias. La que no duerme en mí busca refugio en otros sueños, pero no voy con ella. Las palabras nos hubieran salvado, o tu cuerpo o despertar.
Aunque vivió poco tiempo en el país, fue argentino hasta la médula. Si otros autores le dieron vida a la literatura vernácula, él le agregó alegría. Tuvo con Borges, que le publicó el primer cuento, una relación de mutuo respeto. Su último viaje, poco antes de morir.
A Julio Cortázar no lo ligan a la Argentina los únicos datos ineludibles en la vida de un hombre: su nacimiento y su muerte. Por azares diplomáticos, nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914. Y murió en el parisino barrio de Montparnasse, con ciudadanía francesa, setenta años más tarde. Sin embargo, como su admirado Gardel —nacido en Francia, muerto en Medellín—, el escritor fue un argentino hasta la médula. En su múltiple literatura se perciben los sabores infantiles de Banfield, su adolescencia en Buenos Aires, y la entrada en la madurez de Chivilcoy y Bolívar. En "Bestiario", "Rayuela", "Historias de Cronopios y de famas", "Todos los fuegos, el fuego" y un sinfín de otros libros y ensayos, no hizo más que aportar novedades al castellano, que nunca abandonó.
UN TIPO ALEGRE. García Márquez, a la muerte de Cortázar, el 12 de febrero de 1984, lo recordó como "el argentino que se hizo querer de todos". Y evocó particularmente su voz de órgano de erres arrastradas (que registran algunos discos y pocos documentales), hablando de jazz durante horas ante él y Carlos Fuentes, ambos boquiabiertos y azorados. Osvaldo Soriano, también por esos días, escribió: "Si Arlt y Borges habían dado vida a la literatura argentina, Cortázar le agregó alegría". El, sin embargo, no se tomaba en serio. "Me consideraré hasta mi muerte —confesó en una ocasión— un aficionado, un tipo que escribe porque le da la gana, porque le gusta..." Borges, que no era amigo de regalar elogios, le había publicado su primer cuento —"Casa tomada"— en una revista casi secreta, pero prestigiosa. Cortázar, que lo admiraba intelectualmente, lo defendía con cariño cuando el autor de "El aleph" era criticado por sus ideas. Borges, que nunca estuvo al tanto de esto y a pesar del universo ideológico que los separaba, escribió en aquel febrero de hace veinticinco años, una bella página recordando a aquel "muchacho muy alto" a quien le había dado la alegría de ver su primer cuento en letras de molde. Curiosa paradoja del ser argentino: ambos murieron y descansan en suelo extranjero. Cuando a fines de noviembre de 1983 Cortázar sintió que la leucemia se lo llevaba, retornó por ocho días a la Argentina. En Ezeiza nadie lo esperaba. A metros suyo, el periodismo se abalanzaba sobre Casildo Herreras, aquel sindicalista del "Yo me borré", que también volvía del exilio. Lúdico, apasionado, tímido y modesto, pasó y paseó inadvertido por el puerto, se sentó en Plaza San Martín, visitó a la madre y a la hermana. Mientras caminaba por Corrientes, una joven le acercó un ramo de flores. Minutos más tarde, sentado en un bar junto a Carlos Gabetta y el periodista de Le Monde Jacques Deprés, les exigió al borde de las lágrimas: "Huelan esto, jazmines del país. Con esta fragancia, no existen en ninguna parte".
EL ADIOS SIN RETORNO. Silenciosamente, como deben ser las despedidas, Cortázar se fue con la promesa de volver en marzo. No pudo: el 12 de febrero de 1984, una humilde procesión encabezada por Aurora Bernárdez, su primera esposa, lo trasladó hasta el cementerio de Montparnasse. Allí descansa junto a Carol Dunlop, su última compañera, en la vecindad de Charles Baudelaire y de Guy de Maupassant. Ahora, con más atraso en Argentina que en el mundo, llegan los homenajes. Es cierto que esas ceremonias no eran del agrado de Cortázar, pero ningún gran creador es dueño de su posteridad.
Por lo que dijo Humberto Acciarresi, por lo que sentimos sus lectores, por eso queremos tanto a Julio.
Hay días que somos de celofán. Nos replanteamos nuestra historia y todo se vuelve sepia. Días de ojos hinchados y angustia que se nos antoja eterna. Días sin brillo que opacan nuestra risa. Días que nos sentimos culpables por haber gozado, por haber confiado. Días para ser borrados y borrar el celofán y los sueños. En esos días, aunque te cueste creerlo, nos volvemos más fuertes. Buscamos lo que queremos dentro de nosotras y, encontrarlo, será nuestro escudo, nuestro estandarte.
Eduardo Díaz Espinosa, alias DINO, fue unos de los primeros amigos que tuve en Internet gracias al Litter Chat que funcionaba en la página de Literatura Argentina Contemporánea. DINO, después de pelear contra el cáncer, murió el viernes 23 de enero. Hace mucho que no nos cruzábamos a charlar pero, de alguna manera estábamos comunicados. Ya no. Dejo palabras que escribí hace tiempo para sentirlo conmigo pero, no sirve. No alcanza.
"Saco nostalgias de la cartuchera. Escribo en rojo todos los nombres. Los invoco, mientras el sol entra por mi ventana que todavía no tiene cortinas que la vistan. No van a regresar, me digo. Y, claro, no regresan. Ha pasado demasiado tiempo, ya no somos los mismos. Alguna vez fuimos soles que iluminaban pantallas y calentábamos nuestras almas en su calor. Alguna vez las distancias no importaron y le sacamos la lengua a los horarios, a la soledad, a los problemas. Tal vez algún Dios celoso nos castigó, por reírnos tanto. Tal vez sólo es la vida que pasa y nos enseña que nada regresa y que las nostalgias están más cómodas en mi cartuchera y en ése rincón azul que esconde alguna de mis almas."