jueves, 2 de marzo de 2006

APARECIDA

El hombre caminaba rápido, como huyendo del pasado.
Cualquiera hubiera dicho que era por la lluvia pero, la mujer que lo esperaba, sabía que no. Habían pasado veintinueve años, el tiempo no pudo cambiarla. A él sí. Mantuvo su soberbia pero sus pasos habían perdido seguridad. Su mirada, en otra época inquisidora, era una sombra. En los ojos de ése hombre habitaban sombras.
Ella comenzó a seguirlo. La lluvia crecía. Los truenos parecían gritos y los rayos iluminaban brevemente como ilumina a nuestra memoria el recuerdo de risas compartidas con amigos que ya no están.
La cuadra por la que caminaban no tenía casas. Era la manzana de una vieja fábrica abandonada. Había un refugio y el hombre decidió protegerse del temporal bajo ese techo precario. La mujer no tardó en llegar.
El hombre la miró y ella mantuvo la mirada.
- ¿Parará alguna vez? -Preguntó el hombre- Parece llover desde siempre.
- Sí, a veces la lluvia puede ser eterna. Respondió la mujer sin dejar de mirarlo.
Había una puerta. Ella se acercó.
- Qué curioso. La puerta está abierta, ¿No le parece mejor entrar?
- Sí. Este refugio ya no sirve, mire, ya comienza a inundarse la calle.
Entraron en silencio a una pequeña recepción. No había ventanas, ni otra puerta. Solo paredes descascaradas.
- Esto parece una cárcel -Dijo el hombre- Extraña construcción...
- Algunas cárceles no lo parecen. Dijo la mujer.
Quedaron en silencio, creyó reconocerla, pero no dijo nada. Ella juró no olvidarlo y no lo olvidó.
Un portazo lo sobresaltó. El viento cumplió su misión.
- ¡Qué es esto! -Gritó el hombre- Esta puerta no tiene picaporte. ¡Estamos encerrados!
- Está encerrado, querrá decir. Contestó la mujer y atravesó la pared.

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