Qué te voy a decir de la tristeza
que no suene a promiscuo abecedario
gobernado por otarios
Qué te voy a explicar
si aprendimos que lo verdadero
ni nos salva, ni se explica.
y nos sigue dando náusea
tanta farsa en verso
tanto puro cuento
Si despedimos juntas
los sueños en andenes
y nos bajamos de parecidos trenes
Qué te voy a contar, que ya no sepas
si nos encontramos en rituales
le sacamos la lengua a la distancia
y, aunque nos bajen los sueños a pedradas
guardamos las piedras
que nos hicieron hermanas.
(Gracias, Miriam)
Un lugar para aquellos que buscan la verdad y dudan de los que la han encontrado.
viernes, 28 de septiembre de 2007
viernes, 21 de septiembre de 2007
Contradicciones
Cuando desnudamos nuestro interior, cuando nos perforaron en una mirada, cuando todo lo presentimos, cuando nos lastimaron y lastimamos. ¿Podemos volver a enamorarnos?
Podemos. El amor existe a pesar de nuestros desengaños. Es similar a lo que tiene de verdadero e interesante la vida, aunque no tenga mucho sentido.
Puedo dudar de todo y, sin embargo, enamorarme como una idiota.
Sucede que la pasión no conoce de teorías y la vida no deja de tomarnos el pelo mientras no pierde su hechizo irresistible.
Sufro, después río de mis sufrimientos, hago lo que quiero y, en esta contradicción encierro aquello que hace que la vida merezca la alegría (y no la pena) de ser vivida.
Feliz primavera para todos.
Podemos. El amor existe a pesar de nuestros desengaños. Es similar a lo que tiene de verdadero e interesante la vida, aunque no tenga mucho sentido.
Puedo dudar de todo y, sin embargo, enamorarme como una idiota.
Sucede que la pasión no conoce de teorías y la vida no deja de tomarnos el pelo mientras no pierde su hechizo irresistible.
Sufro, después río de mis sufrimientos, hago lo que quiero y, en esta contradicción encierro aquello que hace que la vida merezca la alegría (y no la pena) de ser vivida.
Feliz primavera para todos.
jueves, 13 de septiembre de 2007
Umberto Eco
Lo que sigue pertenece al libro de Umberto Eco “La isla del día de antes”.
Sostengo que los libros viven y aparecen cuando los necesito. Hoy buscando algo para leer en el subte, el libro de Eco cayó del estante, antes de guardarlo lo abrí y apareció lo que dejo como post.
EL ARTE DE LA PRUDENCIA
No interrumpir cuando el otro habla para decir lo que pensamos y, ya sea con aire de preguntar o con tono afirmativo, querer demostrar al otro que se engaña o que esta equivocado. Sobre todo no interrumpir a los poderosos ya que, la confianza en nuestra sagacidad y el sentimiento de tener que atestiguar la verdad podrían empujar a dar un buen aviso a quien es más que nosotros. Todo vencimiento es odioso y si el perdedor es un superior, puede ser fatal.
Sostengo que los libros viven y aparecen cuando los necesito. Hoy buscando algo para leer en el subte, el libro de Eco cayó del estante, antes de guardarlo lo abrí y apareció lo que dejo como post.
EL ARTE DE LA PRUDENCIA
No interrumpir cuando el otro habla para decir lo que pensamos y, ya sea con aire de preguntar o con tono afirmativo, querer demostrar al otro que se engaña o que esta equivocado. Sobre todo no interrumpir a los poderosos ya que, la confianza en nuestra sagacidad y el sentimiento de tener que atestiguar la verdad podrían empujar a dar un buen aviso a quien es más que nosotros. Todo vencimiento es odioso y si el perdedor es un superior, puede ser fatal.
No se debe humillar tampoco con nuestras virtudes. Nunca hablar de sí: o podemos alabarnos (que es desmerecimiento), o podemos menospreciarnos (que es poquedad, inseguridad). Tenemos que ser bastante y parecer poco.
Algo importante: no mostrar nuestras pasiones. No podemos permitir a cualquiera el acceso a nuestro corazón. Un silencio prudente y cauto es demostración de juicio.
Puede parecer que lo que debemos aprender es a fingir, a simular. Error.
La palabra es disimular.
Si simulamos lo que no somos, disimulamos lo que en verdad somos. Si alguna persona alardea de lo que no a hecho, es un simulador, pero si evita, sin hacerlo notar, dar a conocer completamente lo que a hecho, entonces disimula. Es virtud sobre virtud disimular la virtud.
Es esta una forma de aprender a ser virtuoso según la prudencia.
Disimular es extender un velo compuesto de tinieblas honestas, en las cuales no se forma lo falso sino que se da un cierto descanso a lo verdadero.
En esta vida, no siempre se debe ser de corazón abierto, y las verdades que más nos importan vienen siempre a medio decir.
La disimulación no es engaño. Es industria de no hacer ver las cosas como son. Y es industria difícil: para sobresalir en ella hace falta que los demás no reconozcan nuestra excelencia. De los excelentes disimuladores que han sido y son, no se tiene noticia alguna.
Debemos notar que esta invitación al disimulo no implica permanecer mudos. Al contrario. Será menester aprender a hacer con la palabra aguda lo que no se puede hacer con la palabra abierta; a moverse en un mundo que privilegia la apariencia, con todas las agilidades de la elocuencia, a ser tejedor de palabras de seda.
Si los dardos traspasan el cuerpo, las palabras pueden traspasar el alma.
Para los necios debemos usar el ingenio para asombrar y así obtendremos aprobación. Los hombres gustan de ser sorprendidos. Ganar con la conversación, una frase elegante nos aleja de enredos; debemos aprender a usar la lengua con la ligereza de una pluma. La mayor parte de las cosas se puede pagar con las palabras.
martes, 11 de septiembre de 2007
Que se cuiden...
La brisa y sus colores
besa bocas elegidas.
Un deseo lejano me denuncia.
El vacío de gente vacía
no puede alcanzarme.
Un piropo me acompaña
nueve pisos, en ascensor
Me encuentran unos ojos
al cruzar la puerta
entregar el libro es un detalle
que espera en el estante.
Esta noche
el llanto queda fuera.
Esta noche
mi risa puede más.
Esta noche
salgo a enamorarme.
Que se cuiden los demás.
besa bocas elegidas.
Un deseo lejano me denuncia.
El vacío de gente vacía
no puede alcanzarme.
Un piropo me acompaña
nueve pisos, en ascensor
Me encuentran unos ojos
al cruzar la puerta
entregar el libro es un detalle
que espera en el estante.
Esta noche
el llanto queda fuera.
Esta noche
mi risa puede más.
Esta noche
salgo a enamorarme.
Que se cuiden los demás.
jueves, 6 de septiembre de 2007
Esquinas
Casi todas las esquinas que significaron algo para mí, están cambiando.
Algunas fueron demolidas o las están refaccionando; otras están en un alquiler perpetuo. Pocas sobreviven. Pocas de las que me importaron en algún momento, claro.
Se me antoja pensar que, como Buenos Aires es mujer, me ayuda.
Cuando paso por algún lugar que me acerca algún recuerdo, esos que insisten para que las compuertas se abran y las lágrimas intenten gobernarme, el recuerdo se desdibuja, como ya nada está como estaba la nostalgia sale de foco y no se acomoda dentro de mi. Pasa rápido, como deben pasar las cosas que nos lastiman o que nos aturden. Entonces, compruebo como quiero a Buenos Aires, como me vuelvo a perder en sus calles con ganas, aunque existan dos o tres lugares por los que no volveré a pasar. Aunque el olvido sea otra cosa.
Algunas fueron demolidas o las están refaccionando; otras están en un alquiler perpetuo. Pocas sobreviven. Pocas de las que me importaron en algún momento, claro.
Se me antoja pensar que, como Buenos Aires es mujer, me ayuda.
Cuando paso por algún lugar que me acerca algún recuerdo, esos que insisten para que las compuertas se abran y las lágrimas intenten gobernarme, el recuerdo se desdibuja, como ya nada está como estaba la nostalgia sale de foco y no se acomoda dentro de mi. Pasa rápido, como deben pasar las cosas que nos lastiman o que nos aturden. Entonces, compruebo como quiero a Buenos Aires, como me vuelvo a perder en sus calles con ganas, aunque existan dos o tres lugares por los que no volveré a pasar. Aunque el olvido sea otra cosa.
lunes, 3 de septiembre de 2007
Algo mío
Quedate con algo mío, con la risa, con mis visiones. La ausencia puede ser la clave por eso, quedate con algo que se parezca a las ganas, que corrija el amor.
Quedate con algo, llevalo en la mirada. Capturá figuras que serán historia.
Cancelá tristezas, ordená el cajón de las contradicciones.
Quedate con algo, son días que alejan, días cansados.
Por eso quedate con algo, con algo mío, para querer volver.
Quedate con algo, llevalo en la mirada. Capturá figuras que serán historia.
Cancelá tristezas, ordená el cajón de las contradicciones.
Quedate con algo, son días que alejan, días cansados.
Por eso quedate con algo, con algo mío, para querer volver.
lunes, 27 de agosto de 2007
Brindemos
No alcanza decir gracias.
No alcanza la risa a tiempo, el abrazo oportuno. Ni siquiera los besos, alcanzan.
Cuando me bajé del tren, allí lo encontré. Con su paciencia de años. Con su espera silenciosa.
Mis miedos, desde la ventanilla, esperaban el saludo, una despedida pero, me fui sin mirar atrás. La lluvia me recibió con olor a tierra mojada y pasto recién cortado.
Nada tuve que explicar. Me regaló un puente triunfal, me señaló otro destino.
Abrió las puertas de su mundo y ofreció sus llaves.
Brindamos con champagne junto al fuego.
Después, rompimos las copas y mi ayer.
No alcanza la risa a tiempo, el abrazo oportuno. Ni siquiera los besos, alcanzan.
Cuando me bajé del tren, allí lo encontré. Con su paciencia de años. Con su espera silenciosa.
Mis miedos, desde la ventanilla, esperaban el saludo, una despedida pero, me fui sin mirar atrás. La lluvia me recibió con olor a tierra mojada y pasto recién cortado.
Nada tuve que explicar. Me regaló un puente triunfal, me señaló otro destino.
Abrió las puertas de su mundo y ofreció sus llaves.
Brindamos con champagne junto al fuego.
Después, rompimos las copas y mi ayer.
martes, 21 de agosto de 2007
Tortazos.
Yo no sé; últimamente tengo la poesía desconcertada.
Tal vez me hartó mirar el mundo desde la nostalgia; tal vez he confundido poesía con vaselina (como decía Oliverio); tal vez terminé un ciclo y comienzo otro.
Será que los tortazos que me dio la vida estos dos últimos años modificó mi forma de mirar y la poesía se tomó otro bondi y me dejó con la cara de un perro callejero esperando una caricia que no llegará.
No sé.
Hay algo dentro de mi que se cerró para siempre.
Y no sé si dar una bienvenida a lo que se viene o mandarlo al carajo.
viernes, 10 de agosto de 2007
La glándula.
“Yo tengo una glándula pero de la pelotudez. Ese es el asunto. Una glándula de la pelotudez. Cuando a mí una mina me gusta mucho, como ésta, Marta… me pongo pelotudo. El mismo hecho de que la mina me guste mucho, me paraliza. Me pone tan nervioso que me pongo hecho un pelotudo, no sé lo que digo, hago boludeces… La glándula segrega algo algo que me idiotiza. Después pienso en las cosas que he dicho, o en las que debería haberle dicho y me quiero morir. Las minas deben pensar que uno es un retardado total. Y precisamente porque me gustan demasiado. Es increíble. Con las minas que no me gustan no me pasa. Ahí soy un duque, soy Dean Martin. Jodo, soy ocurrente, hasta puedo ser brillante. Al pedo. Porque a quien yo quiero gustar no es a los escrachos."
Este párrafo pertenece al cuento “Uno nunca sabe”, del Negro Fontanarrosa. Este párrafo marca como nos parecemos los hombres y las mujeres. Nos parecemos pero, es también una clara muestra de cuanto nos diferenciamos.
Acá, el personaje Mario le cuenta a Mochila como se siente ante una mina que lo tiene loco hace más de dos años y que él no se anima a encarar pero no habla de quererla, habla de cuando una mina le gusta mucho. Nada más. Nada menos.
Nosotras también tenemos la glándula de la pelotudez. Nos sucede lo mismo pero cuando, por fin, gritamos a los cuatro vientos estar enamoradas. Listo. Sonamos. La glándula se activó y nos creemos todo lo que dice nuestro amor. Es más, confiamos más en sus palabras que en nosotras mismas. Aceptamos horarios que ni un estibador de bolsas en el puerto acepta (aunque le paguen en Euros) para poder ver a nuestro “enamorado”. Dejamos amistades que nos dicen que nuestro amor es un tarambana y, aunque sabemos que oculta nuestra relación, nos decimos que lo hace para cuidarnos. ¿Cuidarnos de qué? ¿De la bomba atómica??? No, cuidarnos de no ver como una 4 x 4 lo aplasta manejado por una mujer, que seguramente es su mujer. Por supuesto jamás confesarán que son casados. Pero la glándula está en plena ebullición y nosotros vemos en nuestro amor al único ser capaz de protegernos de toda la maldad reinante en este mundo. Nos envidian. Envidian nuestra felicidad. Nuestro maravilloso amor. Nuestro mundo propio. Y así, nosotras, nos vamos alejando de nuestras amistades, nuestros hábitos y, lo más grave, de nuestro sentido común. Dejamos de escuchar esa voz que todas llevamos dentro y hace que se nos ericen los pelos de la nuca cuando sabemos (porque lo sabemos) que están mintiendo, que nos está tomando por pelotudas ¡bah!.
Es la glándula. La puta glándula que nos hace sentir culpables cuando desconfiamos del sátrapa que tenemos al lado y somos capaces de decirles siempre la verdad cuando (repito) sabemos, y lo sabemos muy bien que a los hombres (a todos los hombres) se les puede decir cualquier cosa menos la verdad.
En algunas la glándula deja de segregar pelotudez en un tiempo razonable, seis meses, digamos. En otras no. La pelotudez invade años. Años en los cuales nuestras amigas casi no nos llaman. Nuestros amigos se alejaron para siempre. Algunas han perdido carreras. Otras, quizá, dejaron pasar al hombre de su vida porque sólo existe “nuestro” hombre que, seguramente, es el hombre de la vida de otra pero está ocupando un lugar que sabe (él también sabe) no le pertenece. Y así, las que estaban en edad de tener hijos, porque querían tener hijos alguna vez, aceptan que esa edad pase porque el ñato ya los tiene y ni en pedo sueña con otro retoño. Las que quedan embarazadas con la glándula de la pelotudez en plena ebullición terminan haciéndose cargo del bebe porque el tipo desaparece y las que tienen hijos aún con la glándula en funcionamiento, no quieren un bebé. Porque los hijos son otro tema. Porque si bien no escuchamos a nuestras amigas, a los hijos sí se los escucha y si a tu hijo no le gusta el caballero con el cual estás saliendo, mujer argentina anque extranjera, escucha a tus hijos. Ayudan a que la glándula deje de incrementar pelotudez.
Las que no tienen hijos, escuchen a sus amigas (que a esta altura delpartido están otra vez con nosotras), a sus madres o a sus tías y, sobre todo, escuchen su propia voz. Esa voz que nos alerta. Esa voz que nos hace salir a buscar ayuda. Esa voz junto con las voces de aquellos que nos quieren bien son las únicas que nos pueden extirpar la glándula para siempre.
Este párrafo pertenece al cuento “Uno nunca sabe”, del Negro Fontanarrosa. Este párrafo marca como nos parecemos los hombres y las mujeres. Nos parecemos pero, es también una clara muestra de cuanto nos diferenciamos.
Acá, el personaje Mario le cuenta a Mochila como se siente ante una mina que lo tiene loco hace más de dos años y que él no se anima a encarar pero no habla de quererla, habla de cuando una mina le gusta mucho. Nada más. Nada menos.
Nosotras también tenemos la glándula de la pelotudez. Nos sucede lo mismo pero cuando, por fin, gritamos a los cuatro vientos estar enamoradas. Listo. Sonamos. La glándula se activó y nos creemos todo lo que dice nuestro amor. Es más, confiamos más en sus palabras que en nosotras mismas. Aceptamos horarios que ni un estibador de bolsas en el puerto acepta (aunque le paguen en Euros) para poder ver a nuestro “enamorado”. Dejamos amistades que nos dicen que nuestro amor es un tarambana y, aunque sabemos que oculta nuestra relación, nos decimos que lo hace para cuidarnos. ¿Cuidarnos de qué? ¿De la bomba atómica??? No, cuidarnos de no ver como una 4 x 4 lo aplasta manejado por una mujer, que seguramente es su mujer. Por supuesto jamás confesarán que son casados. Pero la glándula está en plena ebullición y nosotros vemos en nuestro amor al único ser capaz de protegernos de toda la maldad reinante en este mundo. Nos envidian. Envidian nuestra felicidad. Nuestro maravilloso amor. Nuestro mundo propio. Y así, nosotras, nos vamos alejando de nuestras amistades, nuestros hábitos y, lo más grave, de nuestro sentido común. Dejamos de escuchar esa voz que todas llevamos dentro y hace que se nos ericen los pelos de la nuca cuando sabemos (porque lo sabemos) que están mintiendo, que nos está tomando por pelotudas ¡bah!.
Es la glándula. La puta glándula que nos hace sentir culpables cuando desconfiamos del sátrapa que tenemos al lado y somos capaces de decirles siempre la verdad cuando (repito) sabemos, y lo sabemos muy bien que a los hombres (a todos los hombres) se les puede decir cualquier cosa menos la verdad.
En algunas la glándula deja de segregar pelotudez en un tiempo razonable, seis meses, digamos. En otras no. La pelotudez invade años. Años en los cuales nuestras amigas casi no nos llaman. Nuestros amigos se alejaron para siempre. Algunas han perdido carreras. Otras, quizá, dejaron pasar al hombre de su vida porque sólo existe “nuestro” hombre que, seguramente, es el hombre de la vida de otra pero está ocupando un lugar que sabe (él también sabe) no le pertenece. Y así, las que estaban en edad de tener hijos, porque querían tener hijos alguna vez, aceptan que esa edad pase porque el ñato ya los tiene y ni en pedo sueña con otro retoño. Las que quedan embarazadas con la glándula de la pelotudez en plena ebullición terminan haciéndose cargo del bebe porque el tipo desaparece y las que tienen hijos aún con la glándula en funcionamiento, no quieren un bebé. Porque los hijos son otro tema. Porque si bien no escuchamos a nuestras amigas, a los hijos sí se los escucha y si a tu hijo no le gusta el caballero con el cual estás saliendo, mujer argentina anque extranjera, escucha a tus hijos. Ayudan a que la glándula deje de incrementar pelotudez.
Las que no tienen hijos, escuchen a sus amigas (que a esta altura delpartido están otra vez con nosotras), a sus madres o a sus tías y, sobre todo, escuchen su propia voz. Esa voz que nos alerta. Esa voz que nos hace salir a buscar ayuda. Esa voz junto con las voces de aquellos que nos quieren bien son las únicas que nos pueden extirpar la glándula para siempre.
miércoles, 1 de agosto de 2007
Flores y piedras
Hay días que se visten de tristeza.
Días donde la risa no sale y se amontonan ausencias.
Estos últimos dos años he perdido muchos afectos, demasiado amor.
Ya no están mis viejos. Shunsho no nos espera al regresar. El hombre que amé, no existe.
Antes, cuando escribía, exorcizaba dolores, buscaba conjuros. Mataba desde la palabra amarguras. Creí encontrar claves nacidas para mi. Signos que me reflejaban.
Antes, al escribir, no tenía idea como nos marca la muerte.
Ahora, sí. Ahora he comprendido. Hay palabras que no debo usar con tanta soltura. Debo eliminar palabras. Usarlas con cuenta gotas.
No. No volveré a morir de amor. Ni me mataré por un dolor y, otra de las que soy, ocupará mi lugar.
No. No voy a llorar por estupideces, por sueños que ni debieron ser soñados.
No voy a enterrar ninguna de las que he sido. Las acomodaré en los estantes más elevados y las bajaré cuando me necesite mejor; cuando mude recuerdos.
Me están aburriendo las palabras sin actos. Palabras repetidas que, de tanto leerlas, pierden fuerza, pierden respeto, pierden forma.
Palabras que he sentido mías las utiliza cualquiera.
Me aturdieron los cualquiera y algunas palabras ocupan su justo lugar; se van acomodando dentro de mi y, espero poder lanzarlas como flores, como piedras.
Días donde la risa no sale y se amontonan ausencias.
Estos últimos dos años he perdido muchos afectos, demasiado amor.
Ya no están mis viejos. Shunsho no nos espera al regresar. El hombre que amé, no existe.
Antes, cuando escribía, exorcizaba dolores, buscaba conjuros. Mataba desde la palabra amarguras. Creí encontrar claves nacidas para mi. Signos que me reflejaban.
Antes, al escribir, no tenía idea como nos marca la muerte.
Ahora, sí. Ahora he comprendido. Hay palabras que no debo usar con tanta soltura. Debo eliminar palabras. Usarlas con cuenta gotas.
No. No volveré a morir de amor. Ni me mataré por un dolor y, otra de las que soy, ocupará mi lugar.
No. No voy a llorar por estupideces, por sueños que ni debieron ser soñados.
No voy a enterrar ninguna de las que he sido. Las acomodaré en los estantes más elevados y las bajaré cuando me necesite mejor; cuando mude recuerdos.
Me están aburriendo las palabras sin actos. Palabras repetidas que, de tanto leerlas, pierden fuerza, pierden respeto, pierden forma.
Palabras que he sentido mías las utiliza cualquiera.
Me aturdieron los cualquiera y algunas palabras ocupan su justo lugar; se van acomodando dentro de mi y, espero poder lanzarlas como flores, como piedras.
miércoles, 25 de julio de 2007
Mi amigo el poeta
Tengo un amigo. No sé por dónde anda pero, tengo un amigo. Es poeta, se llama Pablo Javier Resa y hace tiempo publicó un libro “De volcanes y giralunas en celo” en ese libro hay un poema que me regaló en el siglo pasado y me lo dedica, es decir, se lo dedica a la que era por esos años y dice “a la Puri, para más datos Silvia F. Walls.”
Hoy lo encontré. Hoy lo comparto con Uds . y aprovecho para darle a Pablo las gracias y, recordarle que el libro nunca me llegó. Carajomierda.
Pongamos que Milonga.
Te fuiste
me dejaste el inventario del viento
apurando las páginas
la sucesión de instantáneas de tu cuerpo
buscando la luz
qué hermoso atentado
qué chiste a lo Chaplín
vos montada en los patines
y el mozo atajando la caravana de mesas
el gigantesco dominó
detrás de vos
Te fuiste
una calesita el Tortoni
un juego de cámaras
si preferís
y toda una nota tu sonrisa
todo un taladro mi mirada
y qué nos importa
y cómo nos importa
Te fuiste
yo también vengo del mar
camino en círculos como vos vuelvo al mar
no mucho más que espuma
golpes de marea
desecho la cartografía como vos
me harto de esperar a los timbres
sospecho los cementerios como vos
y estoy feliz como vos por cada coincidencia
cada espacio cóncavo
y su correspondiente beso
Te fuiste
siempre te estás yendo
la piba en la vereda lo sabía
la piba remontando eclipses
la piba interponiendo lunas de papel
y no hay caso
te empeñás en la nostalgia
tirás del piolín de la nostalgia
la piba tiene miedo a soltar el barrilete
miedo a confiar
no rompe los templos a patadas
las adoraciones al miedo no rompe
Te fuiste
pero no hay de qué temer
pronto vas a soltar un barrilete
una resignación un sobrevivo
porque la única mística es encontrarse
y la única lógica
es no pasar de largo
Hoy lo encontré. Hoy lo comparto con Uds . y aprovecho para darle a Pablo las gracias y, recordarle que el libro nunca me llegó. Carajomierda.
Pongamos que Milonga.
Te fuiste
me dejaste el inventario del viento
apurando las páginas
la sucesión de instantáneas de tu cuerpo
buscando la luz
qué hermoso atentado
qué chiste a lo Chaplín
vos montada en los patines
y el mozo atajando la caravana de mesas
el gigantesco dominó
detrás de vos
Te fuiste
una calesita el Tortoni
un juego de cámaras
si preferís
y toda una nota tu sonrisa
todo un taladro mi mirada
y qué nos importa
y cómo nos importa
Te fuiste
yo también vengo del mar
camino en círculos como vos vuelvo al mar
no mucho más que espuma
golpes de marea
desecho la cartografía como vos
me harto de esperar a los timbres
sospecho los cementerios como vos
y estoy feliz como vos por cada coincidencia
cada espacio cóncavo
y su correspondiente beso
Te fuiste
siempre te estás yendo
la piba en la vereda lo sabía
la piba remontando eclipses
la piba interponiendo lunas de papel
y no hay caso
te empeñás en la nostalgia
tirás del piolín de la nostalgia
la piba tiene miedo a soltar el barrilete
miedo a confiar
no rompe los templos a patadas
las adoraciones al miedo no rompe
Te fuiste
pero no hay de qué temer
pronto vas a soltar un barrilete
una resignación un sobrevivo
porque la única mística es encontrarse
y la única lógica
es no pasar de largo
Aclaración: Pablo no alineó así el poema pero como Bloguer se me revela con las tabulaciones, decidí centrarlo. Ya que no puedo ganarle a estos paparulos, intento empatar.
Será de diosssssssssssss.
martes, 17 de julio de 2007
Botella de mar.
Ni complacidos, ni resignados.
No llegamos hasta acá ni para soportarnos, tenernos lástima o dar vergüenza.
Se trata de vivir pero, faltan maestros que enseñen a envejecer respetando a los ancianos. Aceptar que es preferible un aborto a tiempo que pibes desnutridos o mujeres muertas en el intento.
Una planta en mi balcón renace. Todo renacer esconde pequeñas muertes, olvidos sin aviso, fracasos reservados, ignorancias asumidas.
No, no es ahora el fin, pero hay una hora, un mes que esconde mi final.
¿Cuántas veces pasaré por ella ignorando el año?
Aunque estos pensamientos me ataquen sin permiso, no me quitan las ganas ni la risa.
Y, por más resaca que me haya dejado lo perdido, comprendo la esencia de conjurar engaños que llevará mi botella de mar a ninguna dirección, a ningún remitente.
A tu océano. Nuestra playa.
No llegamos hasta acá ni para soportarnos, tenernos lástima o dar vergüenza.
Se trata de vivir pero, faltan maestros que enseñen a envejecer respetando a los ancianos. Aceptar que es preferible un aborto a tiempo que pibes desnutridos o mujeres muertas en el intento.
Una planta en mi balcón renace. Todo renacer esconde pequeñas muertes, olvidos sin aviso, fracasos reservados, ignorancias asumidas.
No, no es ahora el fin, pero hay una hora, un mes que esconde mi final.
¿Cuántas veces pasaré por ella ignorando el año?
Aunque estos pensamientos me ataquen sin permiso, no me quitan las ganas ni la risa.
Y, por más resaca que me haya dejado lo perdido, comprendo la esencia de conjurar engaños que llevará mi botella de mar a ninguna dirección, a ningún remitente.
A tu océano. Nuestra playa.
jueves, 12 de julio de 2007
Sombras
Yo te cuento, pero me tenés que prometer que no se lo vas a decir a nadie. Viste como son. Te sacan de mentira a verdad y después quedás como una tarada. Bueno, el tema es que Julio no es Julio solamente. ¿Me dejás terminar de hablar? Sí, sí, yo entiendo, el que no entiende es él. Me contó que la otra noche, cuando volvía a su casa, le pareció que alguien lo acompañaba. Primero pensó en un chorro, viste que ahora te matan por un par de zapatillas... Bueno, entonces apuró el paso y escuchó que su sombra le pidió que, por favor, no caminara tan rápido. Sí, nena, escuchaste bien. Su sombra.
Julio se detuvo y la sombra agradecida. No te das cuenta, le dijo, pero estamos muy cansados vos y yo. ¿Cómo? Le preguntó Julio, que a esa altura me lo imagino apoyado contra la pared, pálido y preguntándose: ¿por qué a mí???. Sigo, la sombra de Julio tomó la palabra porque él estaba demasiado acelerado con el laburo y el tema de su mujer que se va, que se queda. Además parece que conoció una minita que lo tiene loco, pero viste como es. Ni alcoholizado le va a decir que le gusta y así anda, escribiendo poesías en Mac Donal’s en lugar de comerse la hamburguesa. No, a mí me parece que dentro de todo tiene una sombra bastante piola. ¡Claro que le creo, tarada!. ¿Justo vos me lo preguntás?; Bueno, si te vas a reír no te cuento nada. Después de todo, Julio me dijo que no se lo contara a nadie y vos serás mi amiga pero él también lo es, ¿viste?. Esta bien, esta bien... sigo. La sombra lo invitó a tomar una ginebra. Cuando pares de reírte, continúo. ¿Cómo qué dónde? Qué sé yo donde lo llevo la sombra pero no fue a un bar, no... creo que me dijo que fueron a una plaza, cerca del cementerio. ¡Y qué sé yo, nena! Él me dijo que tomó ginebra con su sombra, alguien se la debe haber servido. No hagas preguntas bobas, por favor! La cara de la sombra era su cara, pero sucia, vos sabés que andan por el suelo arrastrándose, roñosas tienen que estar. Conversaron mucho, a Julio no le gusta hablar demasiado pero, claro, con él mismo debe ser diferente. No, no me contó todo lo que hablaron pero sé que llegaron a un acuerdo. Parece que la sombra lo convenció de hacer un viaje al sur para probar suerte. Siempre quiso vivir allá y no se animaba, decía que Marina no quería, que su trabajo, excusas... pero ahora la cosa cambió además, con intentarlo no pierde nada y su sombra agradecida. Una cosa es andar arrastrándose por la ciudad y otra muy distinta por bosques y caminos verdes. Todo el sur es verde, me lo dijo Julio. Para mí es verde y azul, pero no le dije nada, viste como es. ¡Qué va a estar loco! No, lo que pasa es que andás un poco celosa me parece, además, no sé para que me pongo a charlar con vos, siempre toda mugrienta, andá, andá a tu lugar que acaban de tocar el timbre y lo único que falta es que te vean ahí sentada, tomando mate. Cómo explico que sos mi sombra, que te dolía la espalda porque casi te la fracturo subiendo los nueve pisos por la escalera. Dale, andá a tu lugar que voy a abrir la puerta.
Otra cosa, a ver cuando te aparecés con una ginebra vos...
Julio se detuvo y la sombra agradecida. No te das cuenta, le dijo, pero estamos muy cansados vos y yo. ¿Cómo? Le preguntó Julio, que a esa altura me lo imagino apoyado contra la pared, pálido y preguntándose: ¿por qué a mí???. Sigo, la sombra de Julio tomó la palabra porque él estaba demasiado acelerado con el laburo y el tema de su mujer que se va, que se queda. Además parece que conoció una minita que lo tiene loco, pero viste como es. Ni alcoholizado le va a decir que le gusta y así anda, escribiendo poesías en Mac Donal’s en lugar de comerse la hamburguesa. No, a mí me parece que dentro de todo tiene una sombra bastante piola. ¡Claro que le creo, tarada!. ¿Justo vos me lo preguntás?; Bueno, si te vas a reír no te cuento nada. Después de todo, Julio me dijo que no se lo contara a nadie y vos serás mi amiga pero él también lo es, ¿viste?. Esta bien, esta bien... sigo. La sombra lo invitó a tomar una ginebra. Cuando pares de reírte, continúo. ¿Cómo qué dónde? Qué sé yo donde lo llevo la sombra pero no fue a un bar, no... creo que me dijo que fueron a una plaza, cerca del cementerio. ¡Y qué sé yo, nena! Él me dijo que tomó ginebra con su sombra, alguien se la debe haber servido. No hagas preguntas bobas, por favor! La cara de la sombra era su cara, pero sucia, vos sabés que andan por el suelo arrastrándose, roñosas tienen que estar. Conversaron mucho, a Julio no le gusta hablar demasiado pero, claro, con él mismo debe ser diferente. No, no me contó todo lo que hablaron pero sé que llegaron a un acuerdo. Parece que la sombra lo convenció de hacer un viaje al sur para probar suerte. Siempre quiso vivir allá y no se animaba, decía que Marina no quería, que su trabajo, excusas... pero ahora la cosa cambió además, con intentarlo no pierde nada y su sombra agradecida. Una cosa es andar arrastrándose por la ciudad y otra muy distinta por bosques y caminos verdes. Todo el sur es verde, me lo dijo Julio. Para mí es verde y azul, pero no le dije nada, viste como es. ¡Qué va a estar loco! No, lo que pasa es que andás un poco celosa me parece, además, no sé para que me pongo a charlar con vos, siempre toda mugrienta, andá, andá a tu lugar que acaban de tocar el timbre y lo único que falta es que te vean ahí sentada, tomando mate. Cómo explico que sos mi sombra, que te dolía la espalda porque casi te la fracturo subiendo los nueve pisos por la escalera. Dale, andá a tu lugar que voy a abrir la puerta.
Otra cosa, a ver cuando te aparecés con una ginebra vos...
viernes, 6 de julio de 2007
CENTRO GALLEGO DE BUENOS AIRES, (ALIAS GALICIA SALUD), ANDATE A LA PUTÍSIMA MADRE QUE TE PARIÓ. (I)
El día después no ha sido un día deseado. Seguirá siendo ese día, cada vez que lea estas palabras.
Estoy sentada en un bar del barrio de Belgrano; significa que, antes, acompañé a mi vieja al Cementerio de Chacarita y ella, quedó dentro.
Con un año de diferencia los perdí a los dos. Dejaron de ser. Murieron.
No voy a escribir, en este po(u)st lo mucho que me cuidaron ni cuando abrieron sus puertas y me ayudaron con la crianza de mi hija, después de mi separación. Ni las tantísimas veces que me protegieron, a veces, hasta la exageración. No, eso queda conmigo, con Flopo, es parte de nuestro tesoro. Sé como cuidaron a mi abuela; cuando sin preguntar recibieron a mi hermano. Sé lo mucho que dieron y lo poco que recibieron. De eso hablaré en otro momento. De cómo un nieto de treinta años, olvida a sus abuelos y a su padre.
Lo que no pienso guardar hoy y todos los mañanas que me toquen es la indignación por como fue atendida en el Centro Gallego de Buenos Aires (alias Galicia Salud) la socia Nº 166.569, afiliada el 1º de abril de 1946, Rosa Díaz, que ingresó en lo que alguna vez fue una institución que protegía la salud de los residentes Españoles en la República Argentina, previo pago de una cuota. Voy a escribir sobre los últimos días de una mujer, mi madre.
A las cinco y media de la mañana del domingo 24 de junio, mi hermano me despierta avisándome que mamá estaba inconciente en su cama. “No responde” me dijo, “No abre los ojos y respira con dificultad, vení”. Fui.
Al llegar me comenta que estuvo llamando a Emergencias del Centro Gallego, que le dieron un número de referencia, que “ya” venía la ambulancia, eran las seis.
A las seis y veinte volvió a llamar, después de pasarlo con otra operadora, porque al tener un número de referencia, atiende otra persona (vaya uno a saber porque disposición interna y/o divina) a la cual le debés explicar todo lo explicado en la primer llamada. La respuesta fue que la ambulancia “ya” estaba en camino. Les aclaro que mi hermano es un señor muy cortés, incapaz de levantar la voz cuando hace un justo reclamo y sabe escuchar a las personas que suelen dar explicaciones inexplicables del otro lado del auricular.
Seis y cuarenta (aproximadamente) llamé yo. Reclamando un reclamo ya reclamado y, después de intentar explicarme lo que ya le habían explicado a “R” (mi hermano), exigí hablar con alguna persona responsable porque mi madre estaba cada vez peor y, la ambulancia brillaba por su ausencia. Me comunicaron con una tal Silvia que me dio otro número de pedido mientras me contaba que la ambulancia estaba en Barracas pero que “ya” estaba en camino.
Siete de la mañana, “R” llama otra vez. Solicitó hablar con un supervisor, lo comunicaron con un tal Héctor Muñoz, por supuesto le dijo que “ya” estaban pasando el pedido como Código Rojo y le pasaron otro número de reclamo.
Siete y quince llamé yo. Atendió mi tocaya, después de pasarle todos lo números de reclamo, de pedido y el Código Rojo, me pregunta “¿Cómo la ambulancia todavía no llegó?”. Mis gritos se deben haber escuchado en Montevideo y mientras gritaba le informaba que mi vieja respiraba con más dificultad y que, no, la ambulancia no había llegado. Que “ya” es un adverbio en tiempo pasado pero, también se utiliza el “ahora” y quisiera entender que lo utilizaban en tiempo presente, porque sospechaba que de conjugaciones no sabían un carajo. Así que, sin repetir y sin soplar, me dijera cuánto tiempo en minutos iba a demorar la reputísima ambulancia. “Media hora”, fue la respuesta. La mandé a la mierda en idoma vulcano, no sin antes recordarle que estábamos llamando desde las cinco a emergencias del Centro Gallego, que tenía números de reclamo de varios colores y por que no dijo que la ambulancia iba a demorar y utilizaron los “yaes” con tanto fervor. No escuché la respuesta porque corté para tranquilizar a mamá (que no sé si escuchaba pero se agitaba) y a mi hermano que estaba intentando dar vueltas colgado del ventilador del techo.
Ocho menos veinte llamó “R” que seguía (y sigue) siendo un Señor muy cortés y explicaba con voz calma que nuestra madre corría riesgo de vida. A esta altura, no sé que le respondieron porque yo estaba puteando al Centro Gallego (alias Galicia Salud) en el balcón.
Ocho y diez vuelvo a llamar y, bajo amenaza de ir en persona con los muchachos de la Barra Brava de Nueva Chicago que andaban con ganas de demoler instituciones que están por cumplir cien años y atienden a sus socios como principiantes me juraron que ellos no eran responsables, que el Servicio de Ambulancias es contratado y que ellos, como institución, no tenían nada que ver con el traslado de los pacientes. Ahora me dejan mucho más tranquila pedazos de incompetentes y que sí, que van a ser responsables hasta el agujero de ozono y el recalentamiento global.
A las ocho y media escuchamos la sirena. Hacemos pasar a la médica al cuarto de mi vieja e intenta despertarla a los gritos. Me comenta por lo bajo que ella (mi mamá) estaba haciendo fuerza por no abrir los ojos. Que es común que los viejitos hagan este tipo de cosas para llamar la atención. Al comprobar que estaba a punto de saltarle a la yugular, la señora tuvo rápidos reflejos e intentó con otro diagnóstico. De un mero capricho de una “viejita” que, como no tenía otra cosa que hacer, se puso a cerrar los ojos con fuerza, paralizar medio cuerpo y respirar con dificultad, arriesgó que podía ser un ACV. Mandó a buscar una silla de ruedas y la subieron a la putísima ambulancia para llevarla a la ¿Institución? ¿Sanatorio? ¿Pase casi sin escalas al más allá de ancianos? llamado Centro Gallego (alías Galicia Salud).
Acompañé a mi vieja en el trayecto. Mi hermano no. Había lugar pero no. “Por el seguro” le dijo el chofer. “¿Qué seguro si hay lugar?” dije yo. No podía darle con el martillo bolita, así que le tiré unos mangos a mi hermano y, por supuesto, llegó antes que nosotros. Cuando bajan la camilla, me estaba esperando.
Media hora de espera en la Sala de Guardia. Indican porque lo indicó la médica que me miraba con un cierto temor, que le realicen una tomografía para verificar si había algún daño. “¿Le parece necesario?”, preguntó una ¿médica? ¿enfermera? ¿pelotuda?. “Sí” respondió la que ya temía por su vida, al mirar como la estaba mirando. Le hicieron la tomografía pero, deben pasar de 48/72 horas para verificar la importancia del daño.
Comenzaba el segundo calvario en el segundo piso, ala Belgrano, habitación 244, cama 4.
Faltaba lo peor y, por supuesto, lo peor llega.
Estoy sentada en un bar del barrio de Belgrano; significa que, antes, acompañé a mi vieja al Cementerio de Chacarita y ella, quedó dentro.
Con un año de diferencia los perdí a los dos. Dejaron de ser. Murieron.
No voy a escribir, en este po(u)st lo mucho que me cuidaron ni cuando abrieron sus puertas y me ayudaron con la crianza de mi hija, después de mi separación. Ni las tantísimas veces que me protegieron, a veces, hasta la exageración. No, eso queda conmigo, con Flopo, es parte de nuestro tesoro. Sé como cuidaron a mi abuela; cuando sin preguntar recibieron a mi hermano. Sé lo mucho que dieron y lo poco que recibieron. De eso hablaré en otro momento. De cómo un nieto de treinta años, olvida a sus abuelos y a su padre.
Lo que no pienso guardar hoy y todos los mañanas que me toquen es la indignación por como fue atendida en el Centro Gallego de Buenos Aires (alias Galicia Salud) la socia Nº 166.569, afiliada el 1º de abril de 1946, Rosa Díaz, que ingresó en lo que alguna vez fue una institución que protegía la salud de los residentes Españoles en la República Argentina, previo pago de una cuota. Voy a escribir sobre los últimos días de una mujer, mi madre.
A las cinco y media de la mañana del domingo 24 de junio, mi hermano me despierta avisándome que mamá estaba inconciente en su cama. “No responde” me dijo, “No abre los ojos y respira con dificultad, vení”. Fui.
Al llegar me comenta que estuvo llamando a Emergencias del Centro Gallego, que le dieron un número de referencia, que “ya” venía la ambulancia, eran las seis.
A las seis y veinte volvió a llamar, después de pasarlo con otra operadora, porque al tener un número de referencia, atiende otra persona (vaya uno a saber porque disposición interna y/o divina) a la cual le debés explicar todo lo explicado en la primer llamada. La respuesta fue que la ambulancia “ya” estaba en camino. Les aclaro que mi hermano es un señor muy cortés, incapaz de levantar la voz cuando hace un justo reclamo y sabe escuchar a las personas que suelen dar explicaciones inexplicables del otro lado del auricular.
Seis y cuarenta (aproximadamente) llamé yo. Reclamando un reclamo ya reclamado y, después de intentar explicarme lo que ya le habían explicado a “R” (mi hermano), exigí hablar con alguna persona responsable porque mi madre estaba cada vez peor y, la ambulancia brillaba por su ausencia. Me comunicaron con una tal Silvia que me dio otro número de pedido mientras me contaba que la ambulancia estaba en Barracas pero que “ya” estaba en camino.
Siete de la mañana, “R” llama otra vez. Solicitó hablar con un supervisor, lo comunicaron con un tal Héctor Muñoz, por supuesto le dijo que “ya” estaban pasando el pedido como Código Rojo y le pasaron otro número de reclamo.
Siete y quince llamé yo. Atendió mi tocaya, después de pasarle todos lo números de reclamo, de pedido y el Código Rojo, me pregunta “¿Cómo la ambulancia todavía no llegó?”. Mis gritos se deben haber escuchado en Montevideo y mientras gritaba le informaba que mi vieja respiraba con más dificultad y que, no, la ambulancia no había llegado. Que “ya” es un adverbio en tiempo pasado pero, también se utiliza el “ahora” y quisiera entender que lo utilizaban en tiempo presente, porque sospechaba que de conjugaciones no sabían un carajo. Así que, sin repetir y sin soplar, me dijera cuánto tiempo en minutos iba a demorar la reputísima ambulancia. “Media hora”, fue la respuesta. La mandé a la mierda en idoma vulcano, no sin antes recordarle que estábamos llamando desde las cinco a emergencias del Centro Gallego, que tenía números de reclamo de varios colores y por que no dijo que la ambulancia iba a demorar y utilizaron los “yaes” con tanto fervor. No escuché la respuesta porque corté para tranquilizar a mamá (que no sé si escuchaba pero se agitaba) y a mi hermano que estaba intentando dar vueltas colgado del ventilador del techo.
Ocho menos veinte llamó “R” que seguía (y sigue) siendo un Señor muy cortés y explicaba con voz calma que nuestra madre corría riesgo de vida. A esta altura, no sé que le respondieron porque yo estaba puteando al Centro Gallego (alias Galicia Salud) en el balcón.
Ocho y diez vuelvo a llamar y, bajo amenaza de ir en persona con los muchachos de la Barra Brava de Nueva Chicago que andaban con ganas de demoler instituciones que están por cumplir cien años y atienden a sus socios como principiantes me juraron que ellos no eran responsables, que el Servicio de Ambulancias es contratado y que ellos, como institución, no tenían nada que ver con el traslado de los pacientes. Ahora me dejan mucho más tranquila pedazos de incompetentes y que sí, que van a ser responsables hasta el agujero de ozono y el recalentamiento global.
A las ocho y media escuchamos la sirena. Hacemos pasar a la médica al cuarto de mi vieja e intenta despertarla a los gritos. Me comenta por lo bajo que ella (mi mamá) estaba haciendo fuerza por no abrir los ojos. Que es común que los viejitos hagan este tipo de cosas para llamar la atención. Al comprobar que estaba a punto de saltarle a la yugular, la señora tuvo rápidos reflejos e intentó con otro diagnóstico. De un mero capricho de una “viejita” que, como no tenía otra cosa que hacer, se puso a cerrar los ojos con fuerza, paralizar medio cuerpo y respirar con dificultad, arriesgó que podía ser un ACV. Mandó a buscar una silla de ruedas y la subieron a la putísima ambulancia para llevarla a la ¿Institución? ¿Sanatorio? ¿Pase casi sin escalas al más allá de ancianos? llamado Centro Gallego (alías Galicia Salud).
Acompañé a mi vieja en el trayecto. Mi hermano no. Había lugar pero no. “Por el seguro” le dijo el chofer. “¿Qué seguro si hay lugar?” dije yo. No podía darle con el martillo bolita, así que le tiré unos mangos a mi hermano y, por supuesto, llegó antes que nosotros. Cuando bajan la camilla, me estaba esperando.
Media hora de espera en la Sala de Guardia. Indican porque lo indicó la médica que me miraba con un cierto temor, que le realicen una tomografía para verificar si había algún daño. “¿Le parece necesario?”, preguntó una ¿médica? ¿enfermera? ¿pelotuda?. “Sí” respondió la que ya temía por su vida, al mirar como la estaba mirando. Le hicieron la tomografía pero, deben pasar de 48/72 horas para verificar la importancia del daño.
Comenzaba el segundo calvario en el segundo piso, ala Belgrano, habitación 244, cama 4.
Faltaba lo peor y, por supuesto, lo peor llega.
martes, 19 de junio de 2007
Confusión.
Confundirlo todo. Levantar imágenes. Apostar a un mañana. Saber que me engaño. Despreciar mi intuición. Burlarme de relojes. Negar el sol. Jugar a ser eterna. Creer que existe el amor. Decretar falsas las calas verdaderas y la falsedad tomarla por verdad. Confundirme hasta fundirme.
No quería esta soledad, no. No la quería pero de tanto no quererla, de tanto estar conmigo, de tanto acompañarme domingos y navidades, esta soledad se hizo amiga.
Deberé estar entera. Me impondré el ritual de defenderla. Defender mi compañera y, por fin, ser solitaria.
Confusión cambié la cerradura de mis almas. Cambié ruta y destino. Ya sé que estos cambios no se anuncian, pero te aviso. Estás advertida.
No quería esta soledad, no. No la quería pero de tanto no quererla, de tanto estar conmigo, de tanto acompañarme domingos y navidades, esta soledad se hizo amiga.
Deberé estar entera. Me impondré el ritual de defenderla. Defender mi compañera y, por fin, ser solitaria.
Confusión cambié la cerradura de mis almas. Cambié ruta y destino. Ya sé que estos cambios no se anuncian, pero te aviso. Estás advertida.
lunes, 18 de junio de 2007
Respuestas.
Noté su mirada.
Lo ignoré.
Pensé que el aburrimiento le provocaba ése mirar.
Decidí jugar. Esconderme, descubrir que me buscaba.
Me buscó, entre toda la gente, me encontró.
Entonces sonreí.
Él no. Me siguió mirando.
Tenía ese tipo de mirada en las cuales uno dice: Sí, soy culpable.
Gris pero con un azul profundo detrás.
Gris, con algo de tristeza.
Mía, la tristeza era mía. Él nada sabe de tristezas.
Azul, ése azul donde guardo mis recuerdos.
Me miraba.
Respondí a su mirada y cerré los ojos.
También los cerró cuando abrí los míos.
Nos mirábamos y era como si siempre lo hubiéramos hecho.
Cierro mis ojos. Él responde.
Después se enciende y vuelve a mirarme.
Sonrío.
Ella también lo hace.
Se bajan en Plaza Flores.
Su madre me saluda al bajar; él sigue mirándome sobre su hombro.
Me despido.
Él sigue mirando, lo saludo con mi mano.
Me saludan desde la plaza.
El colectivo nos aleja pero, esos ojos...
Los ojos del hijo de ésa madre, se llevaron respuestas que, sólo a ellos,
hubiera podido responder.
Lo ignoré.
Pensé que el aburrimiento le provocaba ése mirar.
Decidí jugar. Esconderme, descubrir que me buscaba.
Me buscó, entre toda la gente, me encontró.
Entonces sonreí.
Él no. Me siguió mirando.
Tenía ese tipo de mirada en las cuales uno dice: Sí, soy culpable.
Gris pero con un azul profundo detrás.
Gris, con algo de tristeza.
Mía, la tristeza era mía. Él nada sabe de tristezas.
Azul, ése azul donde guardo mis recuerdos.
Me miraba.
Respondí a su mirada y cerré los ojos.
También los cerró cuando abrí los míos.
Nos mirábamos y era como si siempre lo hubiéramos hecho.
Cierro mis ojos. Él responde.
Después se enciende y vuelve a mirarme.
Sonrío.
Ella también lo hace.
Se bajan en Plaza Flores.
Su madre me saluda al bajar; él sigue mirándome sobre su hombro.
Me despido.
Él sigue mirando, lo saludo con mi mano.
Me saludan desde la plaza.
El colectivo nos aleja pero, esos ojos...
Los ojos del hijo de ésa madre, se llevaron respuestas que, sólo a ellos,
hubiera podido responder.
martes, 5 de junio de 2007
¿Será cierto?
Están convencidos. Los ha unido un sentimiento fulminante. Hermosa seguridad pero, sigo sosteniendo, la inseguridad lo es más. Como antes no se conocían, deducen que nada había sucedido entre ellos.
¿Dónde dejan las calles, los bares, los cines, los ascensores, las escaleras en los que, hace tiempo, podrían haberse cruzado?
De nada vale preguntar si no recuerdan haber filtrado sus miradas en el subte; o algún “buenos días” al entrar en un banco; o reconocer en sus voces las palabras escritas en algún lugar de Internet. Conozco la respuesta: no recuerdan.
Sin embargo, la casualidad, hace tiempo juega con ellos. Una casualidad desordenada, no apta (todavía) para mudarse a sus destinos, los acercaba y alejaba. Mezclaba los caminos y, riéndose a carcajadas, los piqueteaba.
Hubo señales pero no eran comprensibles. ¿No miraron la luna a la misma hora hace dos años o, incluso, el último miércoles?
Hubo algo olvidado y vigente. El cordón de una vereda, las medias caídas de la infancia; los libros bajo el brazo (como una clave) en la adolescencia.
Hubo puertas que cruzaron a destiempo; ventanas desde las que vieron lo mismo. Alguna noche un mismo sueño, negado al despertar.
¿Será cierto que todo inicio es continuación y el libro llamado destino se encuentra, maravillosamente, abierto por la mitad?
¿Dónde dejan las calles, los bares, los cines, los ascensores, las escaleras en los que, hace tiempo, podrían haberse cruzado?
De nada vale preguntar si no recuerdan haber filtrado sus miradas en el subte; o algún “buenos días” al entrar en un banco; o reconocer en sus voces las palabras escritas en algún lugar de Internet. Conozco la respuesta: no recuerdan.
Sin embargo, la casualidad, hace tiempo juega con ellos. Una casualidad desordenada, no apta (todavía) para mudarse a sus destinos, los acercaba y alejaba. Mezclaba los caminos y, riéndose a carcajadas, los piqueteaba.
Hubo señales pero no eran comprensibles. ¿No miraron la luna a la misma hora hace dos años o, incluso, el último miércoles?
Hubo algo olvidado y vigente. El cordón de una vereda, las medias caídas de la infancia; los libros bajo el brazo (como una clave) en la adolescencia.
Hubo puertas que cruzaron a destiempo; ventanas desde las que vieron lo mismo. Alguna noche un mismo sueño, negado al despertar.
¿Será cierto que todo inicio es continuación y el libro llamado destino se encuentra, maravillosamente, abierto por la mitad?
lunes, 4 de junio de 2007
La cantina del muelle.
Resulta que uno encuentra un lugar acá, al lado, (en Internet todo está al lado), lo encuentra y siente el ruido del mar, camina sobre arena a pesar de tener una alfombra gris bajo lo pies, se recuesta en una hamaca paraguaya cuando tiene fiaca, o se pone a estudiar cerca del muelle.
Resulta que siente el calor del sol y la sombra de las palmeras nos protegen.
Había una cantina así, acá, al lado.
Llegar era una fiesta y más de una noche escuchamos confesiones y terminábamos todos abrazados riéndonos o, simplemente, caminado por la orilla de regreso a casa.
El menú era de los mejores, “cocina de autor” le dicen ahora, pero su dueño, también, cocinaba palabras y las sacaba a punto del horno; nos regalaba “Negronis”, además de tener la única colección auténtica de pingüinos que sabía llenar con buenos tintos o blancos, según el plato o la ocasión.
Bebimos champagne, comimos “gambas al ajillo”; nos enseñó a preparar licores y tiraba consignas cuando nos acomodábamos en las mesas recomenzando diálogos y todos éramos amigos de todos.
Hoy pasé a desayunar y la cantina pedía un pase.
Pensé que, de ahora en más, seríamos sus clientes “VIP” (uno siempre quiere ser VIP para los amigos).
Me equivoqué.
Parece que la cantina cerró y, no por reformas. Parece que quebró. Que también las palabras generan gastos y obligaciones. Parece que ya no es lo que parece porque caminar por el muelle y ver las puertas cerradas, lastima. Ya no me produce placer sentarme bajo las palmeras y, ni el mar puede comprender la ausencia.
Tengo el martillo bolita pero no quiero lastimar sus paredes. Hay decisiones que debo respetar aunque me atraganto con preguntas.
Era mejor atragantarme de la risa.
Era mejor cuando, acá, (al lado), planificábamos viajes en globo entre capuchinos y medias lunas.
Sí, era mejor cuando Zorgin nos recibía, cuando Paco sonreía.
Resulta que siente el calor del sol y la sombra de las palmeras nos protegen.
Había una cantina así, acá, al lado.
Llegar era una fiesta y más de una noche escuchamos confesiones y terminábamos todos abrazados riéndonos o, simplemente, caminado por la orilla de regreso a casa.
El menú era de los mejores, “cocina de autor” le dicen ahora, pero su dueño, también, cocinaba palabras y las sacaba a punto del horno; nos regalaba “Negronis”, además de tener la única colección auténtica de pingüinos que sabía llenar con buenos tintos o blancos, según el plato o la ocasión.
Bebimos champagne, comimos “gambas al ajillo”; nos enseñó a preparar licores y tiraba consignas cuando nos acomodábamos en las mesas recomenzando diálogos y todos éramos amigos de todos.
Hoy pasé a desayunar y la cantina pedía un pase.
Pensé que, de ahora en más, seríamos sus clientes “VIP” (uno siempre quiere ser VIP para los amigos).
Me equivoqué.
Parece que la cantina cerró y, no por reformas. Parece que quebró. Que también las palabras generan gastos y obligaciones. Parece que ya no es lo que parece porque caminar por el muelle y ver las puertas cerradas, lastima. Ya no me produce placer sentarme bajo las palmeras y, ni el mar puede comprender la ausencia.
Tengo el martillo bolita pero no quiero lastimar sus paredes. Hay decisiones que debo respetar aunque me atraganto con preguntas.
Era mejor atragantarme de la risa.
Era mejor cuando, acá, (al lado), planificábamos viajes en globo entre capuchinos y medias lunas.
Sí, era mejor cuando Zorgin nos recibía, cuando Paco sonreía.
martes, 29 de mayo de 2007
Ay, qué día!
Hay días en los que no quisiera estar conmigo.
Días asquerosamente soleados. Salgo a la calle y mi sombra es una desconocida que se aferra a otras personas, implorando ser adoptada.
Días de anteojos negros y cabeza baja. Los semáforos no respetan mi ceguera y los bocinazos intentan que mire antes de cruzar. Los semáforos siguen firmes cambiando de color y algún automovilista me putea. Qué me importa tu insulto, gilberto abanderado.
Hoy ni mi sombra me sigue. Hoy debiera ser invisible, pero ni siquiera eso nos está permitido. Y así, peleándome con el que maneja mis piolines ando por la vida.
No estoy triste, no.
Estoy aburrida. Aburrida de ver como la lotería siempre la gana otro. Aburrida de quejarme, de mis pasos y las escaleras mecánicas. Del subte y los operarios.
Aburrida del ciego que vende pastillas. De correrme. De empujar porque me empujan. De la rutina repetida que repite rutinas y el vagón que frena. Que no arranca. Parece que una mujer se descompuso y hay que esperar la ambulancia. No, ahora dicen que parece que un hombre se quiso suicidar en la línea “D”, pero si estamos en la “E” le digo a una flaca que anda a los gritos con el maquinista. Y el maquinista se encoje de hombros y unos viejos que están sentados le dicen que no se haga mala sangre, que se va a volver vieja si sigue gritando. Y la mina que sonríe y yo que me aburro porque también es rutina que un flaco se suicide en la línea “D” y pare la “E”. Los relojes siguen dando la hora aunque uno menos habite el planeta. Todo sigue. El flaco, parece que no. O sí. Qué sé yo. Uno menos que compite, cuando salga a Avenida Belgrano le compro “La Solidaria” al viejo rengo de la esquina. No, no compro nada. El viejo no está, o quizá está pero no lo veo, como no veo los semáforos, ni mi sombra, ni las ganas de decirle “Buenos días” al portero.
No son “buenos días”, que tengo que andar diciendo lo que no siento.
La recepcionista me saluda con su cara repetida de embole. “Esta está peor que yo” pienso y me siento en el escritorio. Tengo que archivar. No pienso archivar. Hago las reservas para el almuerzo de mañana. Que van. Que no van. Sí, van. Hago las reservas. Pido turno en el mecánico de mi jefe. Le pago la tarjeta. Se paga la tarjeta. Hago el cheque. Firma. Lo comunico con fulano de tal. Habla, habla. Hablo con otra secretaria. Que embole, mi dios, que embole. Y el día que parece se niega a dejar de serlo y la noche que no llega. ¿Para qué quiero que llegue la noche? Qué sé yo. Para eliminar toxinas en el Gym. Al final, todo pareciera confabulado para que lo más importante de este día sea eliminar toxinas.
Sí, quizá la vida se resuma a eso. Eliminar.
Por eso, en estos días, lo mejor que me puede pasar es ser otra. Pero no. Desde chica con esta fijación de ser yo misma. Es demasiado. Uno debiera poder divorciarse de uno mismo en días así.
Días asquerosamente soleados. Salgo a la calle y mi sombra es una desconocida que se aferra a otras personas, implorando ser adoptada.
Días de anteojos negros y cabeza baja. Los semáforos no respetan mi ceguera y los bocinazos intentan que mire antes de cruzar. Los semáforos siguen firmes cambiando de color y algún automovilista me putea. Qué me importa tu insulto, gilberto abanderado.
Hoy ni mi sombra me sigue. Hoy debiera ser invisible, pero ni siquiera eso nos está permitido. Y así, peleándome con el que maneja mis piolines ando por la vida.
No estoy triste, no.
Estoy aburrida. Aburrida de ver como la lotería siempre la gana otro. Aburrida de quejarme, de mis pasos y las escaleras mecánicas. Del subte y los operarios.
Aburrida del ciego que vende pastillas. De correrme. De empujar porque me empujan. De la rutina repetida que repite rutinas y el vagón que frena. Que no arranca. Parece que una mujer se descompuso y hay que esperar la ambulancia. No, ahora dicen que parece que un hombre se quiso suicidar en la línea “D”, pero si estamos en la “E” le digo a una flaca que anda a los gritos con el maquinista. Y el maquinista se encoje de hombros y unos viejos que están sentados le dicen que no se haga mala sangre, que se va a volver vieja si sigue gritando. Y la mina que sonríe y yo que me aburro porque también es rutina que un flaco se suicide en la línea “D” y pare la “E”. Los relojes siguen dando la hora aunque uno menos habite el planeta. Todo sigue. El flaco, parece que no. O sí. Qué sé yo. Uno menos que compite, cuando salga a Avenida Belgrano le compro “La Solidaria” al viejo rengo de la esquina. No, no compro nada. El viejo no está, o quizá está pero no lo veo, como no veo los semáforos, ni mi sombra, ni las ganas de decirle “Buenos días” al portero.
No son “buenos días”, que tengo que andar diciendo lo que no siento.
La recepcionista me saluda con su cara repetida de embole. “Esta está peor que yo” pienso y me siento en el escritorio. Tengo que archivar. No pienso archivar. Hago las reservas para el almuerzo de mañana. Que van. Que no van. Sí, van. Hago las reservas. Pido turno en el mecánico de mi jefe. Le pago la tarjeta. Se paga la tarjeta. Hago el cheque. Firma. Lo comunico con fulano de tal. Habla, habla. Hablo con otra secretaria. Que embole, mi dios, que embole. Y el día que parece se niega a dejar de serlo y la noche que no llega. ¿Para qué quiero que llegue la noche? Qué sé yo. Para eliminar toxinas en el Gym. Al final, todo pareciera confabulado para que lo más importante de este día sea eliminar toxinas.
Sí, quizá la vida se resuma a eso. Eliminar.
Por eso, en estos días, lo mejor que me puede pasar es ser otra. Pero no. Desde chica con esta fijación de ser yo misma. Es demasiado. Uno debiera poder divorciarse de uno mismo en días así.
jueves, 24 de mayo de 2007
Miguel Delibes
Quizá, alguno lo conoce, les dejo un fragmento de unos de sus libros, “Mujer de rojo sobre fondo gris”, para aquellos que nada saben de el, les cuento que se llama Miguel Delibes, novelista de Castilla, nacido el 17 de octubre de 1920 y que los personajes de su obra abrigan algo que le falta a mucha gente: alma.
"En la vida has ido conociendo algunas cosas pero has fallado en lo esencial, es decir, has fracasado. Esa idea te deprime y entonces es cuando buscas apresuradamente un remedio para poder arrastrar con dignidad el futuro. Ahora no tendré a nadie a mano cuando me asalte el miedo.
(...)
Ninguno de los dos era sincero pero lo fingíamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba con mirarnos y sabernos. Nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en la cabeza temas de conversación que pudieran interesarla, pero me sucedía lo mismo que ante el lienzo en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, caminábamos cogidos de la mano: ¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz así, respondió ella.
(...)
Una voz misteriosa me soplaba la lección entonces y yo atribuía a los ángeles, pero ahora advertía que no eran los ángeles sino ella; su fe me fecundaba por que la energía creadora era de alguna manera transmisible ¿De quién me compadecía entonces, de ella o de mí?. "
lunes, 21 de mayo de 2007
Rosas
¿Habrá un después? Preguntaste.
Sonreí sin contestar, mientras me perdía entre las mesas de los libros.
Tu mirada se enredó en mi espalda.
Cuando comprendí que estaba leyendo un libro de cocina, escuché tu risa, sentí tus manos en mi cintura.
¿Habrá un después? Repetiste.
Dejé el libro sobre la mesa. Acepté el abrazo. Tu boca en mi cuello no me molestó.
Habrá. Dije bajito, mirándote de frente.
Fuimos a tu casa. Te ayudé a cocinar. Me regalaste la luna pero te dije que ya tenía varias, me faltan flores, comenté.
Hoy la oficina se llenó de rosas.
Hoy, no sé si es después.
Solo sé que sonrío.
Que tu voz llega del otro lado del teléfono.
Que las rosas llevan el perfume de tu voz.
Sonreí sin contestar, mientras me perdía entre las mesas de los libros.
Tu mirada se enredó en mi espalda.
Cuando comprendí que estaba leyendo un libro de cocina, escuché tu risa, sentí tus manos en mi cintura.
¿Habrá un después? Repetiste.
Dejé el libro sobre la mesa. Acepté el abrazo. Tu boca en mi cuello no me molestó.
Habrá. Dije bajito, mirándote de frente.
Fuimos a tu casa. Te ayudé a cocinar. Me regalaste la luna pero te dije que ya tenía varias, me faltan flores, comenté.
Hoy la oficina se llenó de rosas.
Hoy, no sé si es después.
Solo sé que sonrío.
Que tu voz llega del otro lado del teléfono.
Que las rosas llevan el perfume de tu voz.
miércoles, 16 de mayo de 2007
Dolores
Ayer me dolió el corazón. No fue ese tipo de dolor que puedo exorcizar con palabras, cuando algún recuerdo se instala en el centro del pecho y se declara autónomo de mi cabeza. No. Fue otro tipo de dolor. Uno nuevo.
Mientras estaba haciendo un trabajo con una compañera en la oficina. Ella se rió. Lo único que te falta es que te agarre un infarto. También reí. Sí, justo cuando estoy trabajando, le dije.
El dolor seguía, pero no me puedo morir en la oficina, pensé y, no. No me morí.
Fue un dolor ajeno. Un dolor con otro dueño.
Iba y venía. Un puntada desconocida se instaló sin permiso en mi corazón la tarde de ayer.
Se fue sin aviso. No duró mucho. En el subte ya me había abandonado y no regresó en el gimnasio.
Hoy no me visitó, pero no puedo evitar pensar si algo me quiso decir, si algo no pude vislumbrar.
Un aviso, un roce, una señal para vivir más ligera. Para no cargar culpas, para hablar, pensar de otra manera.
No sé. Nunca sé bien que decir cuando recuerdo un dolor que no lleva mi nombre.
Mientras estaba haciendo un trabajo con una compañera en la oficina. Ella se rió. Lo único que te falta es que te agarre un infarto. También reí. Sí, justo cuando estoy trabajando, le dije.
El dolor seguía, pero no me puedo morir en la oficina, pensé y, no. No me morí.
Fue un dolor ajeno. Un dolor con otro dueño.
Iba y venía. Un puntada desconocida se instaló sin permiso en mi corazón la tarde de ayer.
Se fue sin aviso. No duró mucho. En el subte ya me había abandonado y no regresó en el gimnasio.
Hoy no me visitó, pero no puedo evitar pensar si algo me quiso decir, si algo no pude vislumbrar.
Un aviso, un roce, una señal para vivir más ligera. Para no cargar culpas, para hablar, pensar de otra manera.
No sé. Nunca sé bien que decir cuando recuerdo un dolor que no lleva mi nombre.
viernes, 11 de mayo de 2007
Quiero.
Quiero que regreses, todo.
Original, sin simulacro.
Que vuelvas insolente,
Amor.
Sin falsedad, absoluto.
Y me habites
Original, sin simulacro.
Que vuelvas insolente,
Amor.
Sin falsedad, absoluto.
Y me habites
martes, 8 de mayo de 2007
¿Qué hice?
El pregunta: ¿Qué hice?, levanta sus ojos de lagarto y se queda mirando el techo.
Todo debe tener un sentido, una razón, un culpable.
No puede mirar hacia arriba porque sí. Menos porque no.
Pregunta ¿Qué hice?, mira las alturas.
Sus alturas terminan en el techo del comedor.
Tiene una marchita forma de vivir. Su única diversión la encuentra en la cama, cuando duerme. Y, en lugar de reírse de su suerte de cigarrillo aplastado por el subte de la Línea B. ¡No!
Se empeña en romper su puño contra paredes que lo ignoran.
Su mujer le propuso, mientras esperaba ser atendido por el traumatólogo, que la próxima vez lo intentara con la cabeza.
Pero no escucha. Insiste en su pregunta: ¿Qué hice?
Por más que le digan que los cielorrasos no contestan preguntas, el sigue elevando los ojos a cielos tan estrechos como su capacidad de afecto.
Lo dejó sentado en el sillón de pana verde. El brazo enyesado, así lo conoció. Con sus ojos de lagarto y la pregunta repetida.
Alguna vez le gritó olvidos que ni recordaba.
Las ganas de perforarle los tímpanos con clavos oxidados eclipsaron con su paciencia.
Ya no quiere estrellarlo contra un muro de alacranes, ni bailar ocho malambos sobre su hígado. No.
Solo cerrar la puerta. Dejarlo atrás.
Vomitar su recuerdo en el baño de damas de algún velorio.
Comenzar sin cara de horóscopo tortuoso un a nueva historia sin histerias.
Todo debe tener un sentido, una razón, un culpable.
No puede mirar hacia arriba porque sí. Menos porque no.
Pregunta ¿Qué hice?, mira las alturas.
Sus alturas terminan en el techo del comedor.
Tiene una marchita forma de vivir. Su única diversión la encuentra en la cama, cuando duerme. Y, en lugar de reírse de su suerte de cigarrillo aplastado por el subte de la Línea B. ¡No!
Se empeña en romper su puño contra paredes que lo ignoran.
Su mujer le propuso, mientras esperaba ser atendido por el traumatólogo, que la próxima vez lo intentara con la cabeza.
Pero no escucha. Insiste en su pregunta: ¿Qué hice?
Por más que le digan que los cielorrasos no contestan preguntas, el sigue elevando los ojos a cielos tan estrechos como su capacidad de afecto.
Lo dejó sentado en el sillón de pana verde. El brazo enyesado, así lo conoció. Con sus ojos de lagarto y la pregunta repetida.
Alguna vez le gritó olvidos que ni recordaba.
Las ganas de perforarle los tímpanos con clavos oxidados eclipsaron con su paciencia.
Ya no quiere estrellarlo contra un muro de alacranes, ni bailar ocho malambos sobre su hígado. No.
Solo cerrar la puerta. Dejarlo atrás.
Vomitar su recuerdo en el baño de damas de algún velorio.
Comenzar sin cara de horóscopo tortuoso un a nueva historia sin histerias.
jueves, 3 de mayo de 2007
Monotema.
Me pregunto qué sentido tiene esa búsqueda de palabras, de ternura. Si, en definitiva, lo único que no nos abandona es nuestra sombra.
No quiero hablar de amor pero, patéticamente, estoy hablando de amor.
Del amor perdido, si quieren.
Amor que no busqué, que creí un milagro.
Amor que se desvanece y me deja esta mezcla de rabia y dolor.
Me deja la evidencia del error; la culpa de no haber sido fiel a mis instintos.
Entonces, vuelven días repetidos.
Días de mirar con desconfianza, de no registrar voces, de pasar de largo y el mismo juego inútil: finjo interesarme en lo que no me importa. Me esfuerzo por naturaleza o por cansancio.
Sin involucrarme ando por la vida.
Lo que me seduce está en otro lado y ese otro lado no sé que es.
No quiero hablar de amor pero, patéticamente, estoy hablando de amor.
Del amor perdido, si quieren.
Amor que no busqué, que creí un milagro.
Amor que se desvanece y me deja esta mezcla de rabia y dolor.
Me deja la evidencia del error; la culpa de no haber sido fiel a mis instintos.
Entonces, vuelven días repetidos.
Días de mirar con desconfianza, de no registrar voces, de pasar de largo y el mismo juego inútil: finjo interesarme en lo que no me importa. Me esfuerzo por naturaleza o por cansancio.
Sin involucrarme ando por la vida.
Lo que me seduce está en otro lado y ese otro lado no sé que es.
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